
Sergio Larraín: La Poética del Abandono y la Búsqueda del Vacío
En los anales de la fotografía del siglo XX, la figura de Sergio Larraín (1931-2012) ocupa un espacio importante, singular y paradójico. Es, simultáneamente, uno de los pilares indiscutibles de la agencia Magnum y su miembro más célebremente ausente; un "fotógrafo de culto" cuya obra es inversamente proporcional en volumen a su vasto impacto. Larraín no solo fue el primer fotógrafo chileno en ingresar al elitesco círculo de Cartier-Bresson y Capa, sino que fue, ante todo, un místico que utilizó la cámara como una herramienta de exploración espiritual, solo para abandonarla cuando esta dejó de ser eficiente para su búsqueda vital.
El Ojo Desclasado: De Santiago a Magnum
Nacido en el seno de una familia de la alta burguesía chilena (su padre fue un destacado arquitecto y decano), Larraín desarrolló tempranamente una sensibilidad que lo desalineaba de su clase social. Su primer cuerpo de trabajo fotográfico significativo, "Los Abandonados" (1952-1957), es una inmersión cruda y profundamente empática en la vida de los niños de la calle que habitaban bajo los puentes del río Mapocho, en Santiago.
Estas imágenes, desprovistas de sensacionalismo pero cargadas de una intimidad casi dolorosa, revelan ya los pilares de su estética: un uso magistral de la luz rasante, composiciones que fracturan el espacio y una proximidad que no juzga, sino que atestigua. Fue esta serie la que, tras ser vista por Henri Cartier-Bresson, motivó al maestro francés a invitarlo a París y, posteriormente, a unirse a Magnum Photos como asociado en 1959 (miembro pleno desde 1961).
La Geometría del Caos: Londres, Italia y Valparaíso
El ingreso de Larraín a Magnum coincidió con su período de mayor producción internacional. Su trabajo en Londres (1958-1959) captura la alienación de la posguerra; sus imágenes de la City son un estudio de la soledad moderna, donde figuras anónimas se disuelven en la niebla y la arquitectura opresiva.
Poco después, en Italia, Larraín demostró una habilidad extraordinaria para el fotorreportaje clásico. Enviado a Sicilia para fotografiar a un notorio jefe de la mafia, Giuseppe Genco Russo, Larraín logró —con una audacia que bordeaba la imprudencia— capturar la esencia del poder oculto, imágenes que se convirtieron en un referente del género.
Sin embargo, su obra cumbre es, sin duda, Valparaíso. Este puerto chileno, laberíntico y decadente, se convirtió en su axis mundi. Larraín no fotografió Valparaíso como un lugar, sino como un estado mental. Sus composiciones verticales, sus encuadres imposibles desde contrapicados, el juego de escaleras que ascienden al vacío y las figuras fantasmagóricas que entran y salen de cuadro, componen un ensayo visual sobre la irrealidad, el tiempo suspendido y la belleza que reside en la decadencia. El libro "Valparaíso" (publicado por primera vez en 1991, aunque las fotos son de los 50 y 60) es considerado hoy uno de los fotolibros más influyentes de la historia.
La Retirada: Del "Instante Decisivo" al "Vacío Iluminador"
En el apogeo de su carrera, Larraín hizo lo impensable: se retiró.
Para un público académico, es crucial entender que esto no fue una renuncia por fracaso, sino una decisión filosófica radical. Larraín comenzó a sentir que el "éxito" y el ego inherentes al mundo del fotorreportaje (la asignación, la publicación, la fama) eran una distracción de su verdadera búsqueda. El "instante decisivo" de Cartier-Bresson ya no le interesaba; buscaba el "estado de gracia", un concepto más cercano al satori zen.
A finales de la década de 1960, se apartó de Magnum y de la vida pública. Se recluyó en la precordillera, en la localidad de Tulahuén (Ovalle), donde se dedicó por completo a la meditación, el yoga, el estudio del sufismo y el misticismo de Gurdjieff.
Su fotografía se transformó. Dejó de buscar "la foto" para practicar lo que él llamaba "la fotografía como un acto de meditación". Sus imágenes tardías, a menudo inéditas o compartidas solo en cartas a sus hijos, son abstracciones de luz, hojas, piedras o el simple fluir del agua. Para Larraín, la cámara ya no era para capturar el mundo, sino para "entrar en rectángulo" y organizar el caos exterior, y así, organizar el caos interior.
Alcance y Legado: La Sombra Persistente
El reconocimiento de Sergio Larraín es, como su vida, atípico. No se basa en una larga lista de premios (aunque su influencia es tal que trasciende cualquier galardón), sino en su condición de "fotógrafo de fotógrafos".
Influencia Estética: Su lenguaje visual —el encuadre vertical, el uso de sombras profundas como sujetos y su capacidad para capturar la "fantasmagoría" de lo cotidiano— ha influenciado a generaciones de fotógrafos latinoamericanos y del mundo.
El Archivo Controlado: Durante décadas, Larraín ejerció un control férreo sobre su archivo, negándose a publicar o exponer, lo que no hizo más que aumentar el misticismo en torno a su figura.
En momentos, la vida de Larraín nos recuerda a la de dos grandes de la literatura: a J.D. Salinger por sus votos de soledad a partir del extraordinario éxito de su novela “El guardían entre el centeno” y a Frank Kafka, quien encargó a su amigo Max Brod destruir sus manuscritos inéditos, entre ellos “El Proceso”, “América” y “El Castillo”. Afortunadamente, Max Brod se negó a cumplir este mandato tras la muerte de su amigo. Larraín, por su parte, fue más directo y no encomendó a otro lo que podía hacer por mano propia y, así, destruyó una parte importantísima de sus negativos.
“Se lleva los negativos y los destruye. Quiere olvidarse de la fotografía para siempre. La suerte nos permite contar con parte de su trabajo porque otro fotógrafo de Magnum tenía muchas copias del chileno. El mismísimo Josef Koudelka le adoraba y admiraba. Gracias a ello parte del trabajo de Larraín se conoce y preservó a pesar del intento del propio autor de destruirlo.” (Jesús León, Xataka Foto, julio 2015).
Una de sus fotos (retrato hecho al escritor argentino Julio Cortázar) dio origen a un extraordinario relato y a una magnífica película:
“La capacidad visual no es cuestión solamente del ojo. Es el cerebro el que realmente nos hace ver una imagen, no sólo comprenderlo. Más allá de lo que creemos ver existe todo un mundo que no vemos, que se nos escapa a la mayoría. Sergio Larraín (Chile 1931-2012) fue un fotógrafo chileno que sería conocido como “el fotógrafo de Dios”, y que después de una brillante y corta carrera lo dejó todo para dedicarse a la contemplación, al yoga, la búsqueda de sí mismo, experimentar con LSD, pero antes sacaría sus miles de negativos de la agencia Magnum y los destruiría, intentando borrar su paso por el mundo, borrar unas huellas que tal vez podrían mostrar demasiado sobre él. Gracias a Koudelka podemos hoy conocer parte de su obra. Solo parte. Larraín es un fotógrafo mago, extraño y delicado. Elegante y culto, hijo de un famoso arquitecto y coleccionista, su vida estuvo llena de éxitos, en un devenir cadencioso que finalizaría demasiado pronto para apartarse de las miradas de todos. Pero las huellas casi nunca se pueden borrar, aunque a veces las perdamos y nos despistemos en la búsqueda.
En la década de los 60, en una breve estancia de tres meses en París, Larraín realizaría, como de costumbre, cientos de fotografías en la calle, muchas de ellas en Notre Dame. Al revelarlas descubriría en una de ellas algo que no vio cuando disparó, algo que a pesar de elegir el encuadre, enfocar y mirar a través de la lente no llegó a ver, pero que igualmente plasmó en la fotografía. Detrás, muy al fondo, una pareja hacía el amor en pleno día, en la calle, a la vista de todos aunque sin ser vistos por nadie. ¿Por nadie?
En algún momento Larraín le contó esta historia a Julio Cortázar, y el escritor seducido por la historia escribiría un cuento: Las babas del diablo, inspirado en la foto de Larraín. Pasados los años Michelangelo Antonioni realizaría una de las obras maestras del cine, Blow Up, basada en el cuento de Cortázar basado en la foto de Larraín, basada en una imagen que el fotógrafo no vio cuando hizo la fotografía.” (Rosa Oliveros, 2017)
Reconocimiento Póstumo: Tras su muerte en 2012, su obra ha sido objeto de una revalorización monumental. La retrospectiva organizada por la Fundación Henri Cartier-Bresson en París (2013) y la posterior edición de su libro "Vagabundeos" (2014) lo consagraron definitivamente como uno de los maestros del siglo XX.
El legado de Larraín es doble: por un lado, un cuerpo de obra pequeño pero perfecto en su ejecución y, por otro, un profundo cuestionamiento ético y filosófico sobre el propósito mismo de la fotografía. Nos enseñó que la mirada más poderosa no es la que captura, sino la que es capaz de renunciar a sí misma.
Foto de portada: Sergio Larrain (1967), por ©Rene Burri/©Magnum
Enlaces de interés:
Archivo Oficial en Magnum Photos: https://www.magnumphotos.com/photographer/sergio-larrain/
Muestra Jota Barros: https://jotabarros.com/10-lecciones-fotografia-callejera-street-photography-sergio-larrain
Muestra de Fotonistas: https://fotonistas.com/fotopedia/1940-1960-retrato-luz-y-tiempo/sergio-larrain-el-cazador-de-milagros
Muestra de Oscar en Fotos: https://oscarenfotos.com/2015/09/12/galeria-sergio-larrain
El País: https://elpais.com/cultura/2017/12/21/actualidad/1513860891_113690.html
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